Lolo era un lobo marino que vivía en las costas del litoral peruano. Él siempre tuvo muchos amigos de diferentes especies, pero con el tiempo cada uno de ellos a medida que fue creciendo, fue mudándose a otros lugares.
Lolito, como de cariño le llamaban sus amigos, era muy juguetón y le gustaba hacer travesuras chapoteando al compás del vaivén de las olas que reventaban contra las peñas. También le gustaba jugar con sus amigos lobos a ver quién podía aguantar más la respiración por debajo del agua, y como buen lobo marino, Lolo siempre lograba llegar al record de los 20 minutos sin salir del agua.
Un día muy temprano por la mañana Lolo salió a nadar, cuando de repente vio a lo lejos a una delfín que no movía sus aletas con normalidad. Lolo tenía una excelente vista como todos los de su especie y su visión era mucho mejor bajo el agua que en la superficie, es por eso que mientras buceaba, pudo reconocer rápidamente de quién se trataba: era su amiga Delfina, una delfín muy ágil y alegre que le encantaba elevarse por las aguas y hacer piruetas en el aire generalmente cuando terminaba de comer, porque esa es la forma en la que los delfines suelen reflejar su alegría.
Delfina podía llegar a saltar hasta 4 metros de altura gracias a sus fuertes músculos y al impulso que lograba con la potente aleta de su cola, también conocida como “aleta caudal”, sin embargo, en esta oportunidad definitivamente algo malo estaba sucediendo porque Delfina no podía moverse como acostumbraba.
Los delfines además de la aleta caudal, tienen tres aletas más: dos aletas laterales que los ayudan a controlar la dirección de su nado y una aleta dorsal en parte superior para darles estabilidad.
Apenas Delfina se dio cuenta de la presencia de Lolo, empezó a silbarle con todas sus fuerzas. Los delfines pueden producir dos tipos de sonidos: chasquidos y silbidos que a veces pueden llegar a durar hasta 3.5 segundos.
Al escuchar el silbido de Delfina, Lolo nadó lo más rápido que puede hacerlo un lobo marino, es decir a una velocidad de hasta 20 km por hora para llegar al lugar en donde se encontraba su amiga.
Al llegar, se percató lo que estaba sucediendo: un gran desecho que había ido a parar al mar se había enredado en una de las aletas de Delfina.
“Lolito por favor ayúdame, no sé cómo me sucedió esto. Yo estaba nadando como siempre y de repente sentí algo frío que raspó mi aleta. Traté de sacudirme, pero ya era demasiado tarde, esta gran bolsa de plástico se ha enredado en mi aleta y está comenzando a hacerme daño”, le dijo Delfina muy preocupada.
“Delfina, no te preocupes, yo te ayudaré y si no puedo solo, buscaré a alguien más hasta lograr que estés a salvo”, le contestó Lolito.
A los pocos minutos, Lolo comenzó a morder el plástico con sus grandes colmillos afilados, pero no lograba cortarlo ni romperlo. Entonces se detuvo por unos minutos para pensar cómo podía ayudarla. En eso, mientras acariciaba sus largos bigotes, se le ocurrió una buena idea y solo atinó a decir: “Delfina, espérame un ratito, ahorita regreso”.
Lolo se fue nadando rápidamente hacia las peñas de una isla que se encontraba muy cerca. Y es que había recordado, que en ese lugar estaba viviendo un viejo amigo: Alejo.
“¡Alejoooo! ¡Alejoooo!” empezó a gritar Lolo, cuando de pronto, se aparece entre las rocas un viejo cangrejo que sonriendo levanta una de sus tenazas y lo saluda diciendo: “¡Lolitooo! ¡Qué lindo verte amigo! ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás con esa cara?”.
A lo que Lolo le respondió:
“¡Alejo, amigo querido! ¡Qué bueno que te encontré! Por favor, necesito tu ayuda urgente. Delfina, mi amiga delfín tiene enredada una gran bolsa de plástico en una de sus aletas y no puede nadar con normalidad.
¿Tú crees que nos puedas ayudar con tus grandes tenazas?”, le preguntó Lolo.
“¡Claro que sí, Lolito! le contestó Alejo, el cangrejo.
“Acá en el océano, estamos todos para ayudarnos. Solo tienes que ver la forma de ayudar a Delfina a que se acerque lo más que pueda hacia aquellas rocas, y yo me encargaré con mis amigos de ayudarla a liberarse”.
Es así, que Lolo fue rápidamente de regreso en busca de Delfina y la ayudó a nadar hasta el lugar acordado.
Cuando llegaron, Alejo, había llamado no solo a sus amigos cangrejos, sino también a un equipo de langostas americanas que estaban de visita por nuestro litoral. La langosta americana es una de las especies de langosta que cuenta con las tenazas más grandes.
Después de varios minutos de un largo trabajo en equipo entre Lolo, Alejo, sus amigos cangrejos y las langostas, finalmente lograron liberar a Delfina de la gran bolsa de plástico que tenía enredada en su aleta.
“¡Amigos, muchísimas gracias por ayudarme, en especial a ti Lolito!”, dijo Delfina muy emocionada al ya sentirse libre y poder volver a hacer las piruetas a las que tanto estaba acostumbrada.
“¡De nada Delfina!”, contestaron Lolo y Alejo orgullosos y sonrientes. En eso apareció Lara, la más grande de las langostas moviendo sus antenas y levantando una de sus tenazas comenzó a decir:
“¡No solou tenemous que cuidarnous entre nosotrous amigous, sino también este hermouso lugar en dounde vivimous!
“¡Síí! Hay mucho que los humanos deberían de aprender, empezando por cuidar nuestros hermosos océanos y maravillosas playas, y dejarlas siempre limpias cada vez que las visitan”, contestó Lolo.
“Eso es muy cierto Lolito, cualquier desperdicio que dejan en la arena o que arrojan al mar, es muy probable que pueda terminar haciéndole daño a cualquier animal indefenso de una especie marina, así como lo somos todos nosotros”, contestó Alejo.
Apenas terminó Alejo, se empezaron a escuchar muchos aplausos de aletas, alas y tentáculos, que sorprendieron a todos los presentes. Se trataba de un gran grupo de otros animales del litoral marino que habían estado escuchado atentamente lo que se decía. Focas, pelícanos, gaviotas, pulpos, caballitos, estrellas y pastelillos de mar, así como un gran cardumen de peces se habían unido para celebrar este especial momento.
Y es así, como termina esta historia donde Lolo, Delfina, Alejo, Lara y demás especies del litoral marino se conocieron y empezaron a compartir y disfrutar de una linda amistad y muchas aventuras más por el resto de sus días.