Había una vez, en una época conocida como el periodo Cretácico en el que los dinosaurios deambulaban libremente por la tierra, un joven y curioso dinosaurio llamado Dizzy.
Dizzy era un dinosaurio más pequeño que el resto. Tenía ojos grandes y brillantes, y su piel era de color marrón oscuro, una especie única que nadie sabía de dónde provenía realmente. A Dizzy le encantaba explorar el mundo, descubrir cosas nuevas y hacer nuevos amigos.
Su mejor amigo era Tilly, un Triceratops que significa “cara de tres cuernos” porque su cabeza tenía dos cuernos largos por encima de sus ojos y un tercer cuerno más corto en la parte frontal del cráneo. Este detalle sumado a su cuerpo grande y robusto hacían ver a Tilly como un especie peligrosa y agresiva, pero él era todo lo contrario, era un dinosaurio muy amigable, pacífico y sobre todo glotón.
Como buen Triceratops, Tilly era un herbívoro, porque se alimentaba principalmente de las hojas de las plantas. Su boca equipada con un pico robusto, era ideal para arrancar las enormes cantidades de vegetación que comía. Sus plantas favoritas eran las cicas, helechos, palmeras y otros arbustos.
Cada día, Dizzy y Tilly emprendían diferentes aventuras, conociendo a otros dinosaurios y aprendiendo sobre el mundo que los rodeaba. Una de las cosas que les encantaba era explorar los bosques y sus Araucarias, unos árboles gigantescos de corteza gruesa y hojas punzantes que podían llegar a medir hasta 50 metros de altura.
También les gustaba jugar cerca de los ríos y remojar sus patas en el caudal y por las noches les divertía mucho perseguir unos escarabajos que brillaban en la oscuridad, unos parientes muy lejanos de las ahora luciérnagas.
Una tarde, mientras el sol comenzaba a esconderse y el cielo se pintaba de tonos rosados y naranjas, Dizzy y Tilly, decidieron llevar a cabo una de las tantas aventuras especiales que hasta el momento no habían realizado: ir en busca del Gran estanque mágico, un estanque que se decía estaba escondido en lo más profundo de uno de los bosques y que podía conceder cualquier deseo, si es que se le pedía bajo la luz de la luna llena.
Fue así que aquella misma noche, Dizzy y Tilly con los corazones llenos de esperanza por la mágica promesa de aquel relato, decidieron emprender su búsqueda.
La luna ya estaba empezando a elevarse, arrojando un brillo plateado sobre los árboles y las flores.
Mientras Dizzy y Tilly recorriendo entre los árboles del primer bosque, escuchaban los sonidos de algunos insectos y el suave susurro del viento entre las hojas.
Después de una larga búsqueda, finalmente llegaron al estanque mágico y sus ojos no podían más del asombro: el agua del estanque brillaba como mil diamantes, reflejando la suave luz de la luna.
Dizzy y Tilly, se acercaron al estanque, metieron lentamente sus patas en el agua y cerrando los ojos empezaron a decir en voz muy bajita sus más profundos deseos.
Dizzy le había pedido al estanque mágico poder convertirse en un pterodáctilo, para poder volar por el cielo y explorar el mundo desde las alturas. Los pterodáctilos no eran dinosaurios, eran reptiles voladores carnívoros. Tenían cuellos largos y bolsas en la garganta (similares a la de los pelícanos) para atrapar peces.
En cambio Tilly, como era un dinosaurio glotón, solo le pidió al estanque poder estar frente a un extenso jardín rodeado de sus plantas favoritas para poder saborearlas hasta llenarse de felicidad.
De pronto, mientras pedían sus deseos con la esperanza que sean escuchados, un destello mágico se extendió por el estanque y una voz amable y sabia se dirigió a ellos, diciendo: «Los cuentos son las semillas de los sueños, y los sueños las aventuras que guardan nuestros corazones.”
Al terminar de escuchar esto, Dizzy y Tilly se miraron sorprendidos sin entender del todo el mensaje. En eso, empezaron a sentir como una brisa muy cálida empezó a envolverlos suavemente y luego de unos segundos, ambos empezaron a sentir mucho sueño y se quedaron profundamente dormidos al pie del estanque.
Fue en ese momento que Dizzy y Tilly empezaron a disfrutar los deseos que tanto habían pedido.
Dizzy se había convertido en un pterodáctilo que estaba en lo alto de una montaña a punto de iniciar su vuelo. No podía creer lo que estaba viviendo. A los pocos segundos, Dizzy emprendió su vuelo y empezó a volar por encima de las montañas volcánicas, seguidamente sobrevoló valles, bosques y mares. Desde arriba todo se veía diferente. Los más grandes y temibles dinosaurios parecían hormigas indefensas, mientras que los frondosos y extensos bosques, parecían pequeñas alfombras de brocoli. Dizzy estaba disfrutando mucho la magia de volar, sobre todo la sensación de sentir el viento en su rostro y respirar el aire desde el cielo.
Por otro lado, Tilly estaba hipnotizado por lo que había aparecido frente a sus ojos: un campo infinito de plantas y flores de todos los tipos, colores y aromas. Era el paisaje que tanto había imaginado alguna vez en su vida.
Tilly se acercó y empezó a recorrerlo lentamente contemplando con una gran sonrisa y emoción la deliciosa vegetación que allí había. Cicas, helechos, acebos, magnolias, palmeras, sicomoros, nogales, sauces todas las plantas, flores y arbustos que algún día tanto soñó, ahí estaban esperándolo.
Mientras sus fuertes pisadas iban dejando un camino de sus huellas, él iba probando y saboreando lentamente a ojos cerrados los diferentes manjares vegetales.
Tilly, realmente se sentía en el paraíso, nunca antes había disfrutado tan exquisito y aromático buffet vegetal. Su cara de felicidad era única.
Todo iba bien para Dizzy y Tilly hasta que unas gotas de lluvia cayeron en sus rostros, despertándolos. Al abrir los ojos ambos se miraron sonrientes y sin decir una palabra, se unieron en un gran abrazo cómplice. Sus rostros hablaban por sí solos: el estanque mágico sí existía y sus deseos habían sido escuchados.
La lluvia torrencial estaba a punto de empezar y ya era momento de que nuestros amigos aventureros emprendieran su retorno. De regreso a casa mientras la luz de la luna los guiaba a través del bosque, Dizzy y Tilly empezaron a compartir con muchas risas y emoción las aventuras mágicas que a cada uno le había tocado experimentar.
Durante todo el camino no dejaban de comentar aquella frase que provino del estanque y que les dijo: «Los cuentos son las semillas de los sueños, y los sueños las aventuras que guardan nuestros corazones.”
De vuelta en sus acogedores nidos, Dizzy y Tilly cerraron los ojos, sintiéndose agradecidos por la aventura vivida.
Mientras se quedaban dormidos, de manera telepática ambos sintieron al mismo tiempo una sensación de paz y felicidad en sus corazones sabiendo que cada noche la magia de su amistad y el mundo de los sueños estaría esperándolos para regarles una próxima aventura.
Y fue así, que en la tierra de los dinosaurios y bajo la atenta mirada de la luna, Dizzy y Tilly aprendieron sobre la magia de soñar.