Marty, el marciano soñador

Había una vez, un planeta lejano llamado Marte, un planeta desértico, frío y de suelo color rojo por la gran cantidad de hierro oxidado de su superficie. Marte es el segundo planeta más pequeño del Sistema Solar y el cuarto planeta en orden de distancia al Sol.

En este planeta vívía una pequeña criatura curiosa y amigable que se llamaba Marty. Tenía ojos grandes y brillantes, piel anaranjada y unas largas antenas sobre su cabeza que se movían cada vez que algo lo emocionaba.

Marty, vivía en una acogedora madriguera subterránea con su familia para protegerse de las bajas tempaturas y de las enormes tormentas de polvo que habían en su planeta y que algunas veces duraban semanas e incluso meses.

Durante el día las temperaturas en Marte pueden llegar a ser de 0 °C y por las noches bajar hasta – 129 grados centígrados o mejor conocidos como Celsius.

Lo que más le gustaba a Marty era mirar el cielo en las noches desde su madriguera para después soñar con las estrellas y los planetas. Su planeta favorito era uno que estaba muy cerca de casa: El planeta Tierra. Marty había escuchado muchas historias maravillosas de sus abuelos sobre ese planeta. Relatos increíbles que hablaban de sus inmensos océanos azules, sus hermosos bosques verdes y sus grandes montañas, y a menudo se preguntaba cómo sería poder visitarlo algún día.

Una noche, mientras estaba recostado en su madriguera, Marty notó que había una estrella muy brillante que tintilaba en el cielo y preguntó: «¿Qué es esa estrella brillante?», y sus padres sonriendo le respondieron:

«Esa no es una estrella hijo, esa es la Tierra, el planeta del que siempre hemos hablado».

Apenas terminó de escucharlos, las antenas de Marty empezaron a moverse sin parar. Nunca antes había visto la Tierra tan claramente y eso lo había emocionado mucho. Cerró los ojos y pidió un deseo.

Al día siguiente, Marty decidió salir a explorar su planeta en busca de algún objeto que pudiera ayudarlo a viajar a la Tierra, quizás algún consejo de las rocas sabias, de las tormentas de polvo o mejor aún, aprovechar la presencia de alguna nave exploradora que podría estar de visita por Marte.

Después de varios días de búsqueda, Marty tropezó con un viejo objeto que se encontraba escondido en una caverna profunda: era un antiguo telescopio de algún ancestro marciano. Sacudió la tierra rojiza que tenía el objeto y empezó a analizarlo detenidamente.

A Marty le llamó mucho la atención aquella parte de cristal que tenía y sintió la necesidad de mirar el cielo estrellado a través de ésta. Al reposar uno de sus ojos en el lente, las antenitas de Marty empezaron a moverse nuevamente sin parar porque estaba viendo al planeta Tierra, pero ahora mucho más cerca y claro que la primera vez. En eso, una gran estrella fugaz cruzó por el cielo y Marty vió como iba dejando un rastro de polvo de estrellas, entonces se le ocurrió una idea para poder llegar a la Tierra: recolectar “polvo de estrellas”.

Fue así, que con mucha determinación en su corazón, Marty empezó a recolectar todo el polvo de estrellas que pudo, de todas y cada una de las estrellas fugaces que cruzaban los cielos de Marte cada noche.

A medida que recolectaba más y más polvo de estrellas, algo mágico sucedió. El polvo de estrellas que tenía en su bolsa comenzó a brillar intensamente y un fuerte viento lo llevó por los aires formando un largo camino en dirección al cielo.

Con la respiración acelerada y sus antenas que no paraban de moverse por lo que estaba ocurriendo, Marty se llenó de valor y se dejó llevar por el camino de polvos de estrellas que se había formado en la oscuridad.

A medida que iba avanzando, empezó a sentir que su peso iba desapareciendo y a los pocos segundos ya estaba flotando elevándose con dirección hacia el espacio. Al llegar al final del camino, se encontró ante un paisaje maravilloso: era el impresionante planeta Tierra y toda su belleza.

Marty sintió una mezcla de asombro y emoción al poder mirarla desde el mismo espacio. Sus ojos se llenaron de brillo al ver los océanos azules, la superficie verde y marrón de los continentes y hasta los casquetes polares, aquellas grandes masas de hielo que se encuentran en los polos o extremos de la esfera de la Tierra. Los colores de la Tierra que se veían desde el espacio eran aún más magníficos de los que alguna vez nuestro amigo aventurero había imaginado.

Marty se quedó disfrutando la extraordinaria vista por varias horas, hasta que llegó el momento de volver a casa.

Marty regresó por el mismo camino de polvo de estrellas hacia su planeta y al llegar a su acogedora madriguera, les narró a sus padres todo lo vivido. Sus padres lo miraban con ternura, pensando que lo que estaba diciendo era producto de su imaginación, sin saber que en verdad todo eso había sucedido.

Al terminar su relato, se despidió de sus padres pues había llegado la hora de dormir. Sintiéndose agradecido por la aventura que había vivido, se acurrucó bajo su manta de color rojo y al cerrar los ojos, recordó la belleza del planeta Tierra y en lo afortunado que había sido.

Fue así, que aquella noche bajo el cielo estrellado de su planeta, Marty se quedó dormido, habiendo aprendido que no importaba el lugar en donde estuviese, las maravillas del Universo siempre estarían allí para inspirar sus sueños.

Hasta una próxima aventura. Hasta mañana

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